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mario cuenca sandoval

Reseña en El Cultural de El Mundo

Reseña en El Cultural de El Mundo

por Santos Sanz Villanueva

Algunos de los autores del reciente movimiento modernizador de nuestra novela han logrado cierta repercusión mediática (Agustín Fernández Mallo, Eloy Fernández Porta, Javier Calvo, Juan Robert Cantavella, Jorge Carrión, Juan Francisco Ferré, Manuel Vilas...), pero son solo la punta de un iceberg, al parecer bastante profundo, donde otro buen número de narradores comparten la misma inquietud renovadora. Nada conocía, por ejemplo, de Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975), cuya novela El ladrón de morfina lo sitúa en esa órbita innovadora, hoy por hoy de frutos más interesantes que logrados, pero, en cualquier caso, digna de atención. Desde luego, la merece El ladrón de morfinauna novela original por distintos conceptos,especialmente por la anécdota y por el tratamiento. 

El argumento se emplaza en la guerra de Corea (1950-1953), donde, entre otros personajes, conviven un colombiano y un americano que luchan en el ejército estadounidense y que establecen una curiosa relación con un nativo. Ese eje sirve para el previsible o ineludible despliegue de los horrores de la guerra al hilo de un puñado de acciones bélicas más intensas que detalladas, más visionarias que naturalistas. En cualquier caso, Cuenca Sandoval consigue una atmósfera de violencia, irracionalidad, sinsentido, terror o angustia en la línea de las mejores páginas de la literatura antibelicista y antimilitarista. 

Aunque valga por sí misma esta intencionalidad, más bien sirve de soporte a otra línea, la principal, centrada en el despliegue de relaciones humanas que abren exploraciones diversas acerca de la hermandad, la ternura, la compasión, el sexo, la esperanza, la muerte, la culpa, la ideología, la identidad o el ser apócrifo. 

En cierto sentido, El ladrón de morfina es una novela filosófica que, a partir de una situación concreta, despliega observaciones de calado metafísico por medio de formulaciones alegóricas (las figuras del ángel y del idiota) o de intuiciones poéticas (la nieve, las formas de la belleza). 

Esta escritura densa se materializa mediante un sistema narrativo de aliento novedoso en su concepción global, aunque se apoye en procedimientos clásicos, como el manuscrito traducido. Mario Cuenca desarrolla un complejo sistema de puntos de vista en la narración, introduce rasgos vanguardistas (varios dibujos infográficos y notas a pie de página), dispone el texto como lectura de Edgar Allan Poe e incorpora materia ensayística. El resultado es una novela exigente sin lugar a dudas, que requiere esfuerzos excesivos de lectura. Ni siquiera las buenas trazas de narrador ágil del autor amortiguan su dimensión demasiado abstracta, que lastra la anécdota, mortecina, y a los personajes, de insatisfactoria caracterización. Lo mejor de El ladrón de morfina reside en la excepcional capacidad de Cuenca Sandoval para narrar creando constantemente vigorosas y personales imágenes. 

Entrevista para Quimera (nº abril 2010)

Entrevista para Quimera (nº abril 2010)

 

(por Karina Sainz Borgo)
Después de Boxeo sobre hielo (Berenice, 2007), Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975), reaparece con El ladrón de morfina (451 Editores): una virtuosa farmacopea, una historia abstinente y obsesiva, poética y enferma, una vuelta de tuerca, en fin, a El corazón de las tinieblas de Conrad y a Lolita de Nabokov.
1-. Al igual que Boxeo sobre hieloEl ladrón de morfina no es sólo una novela sobre la adicción a un sedante, tampoco es una novela sobre la guerra, ni sobre los hombres que fotografían muchachos que se parecen unos a otros o copos de nieve que son únicos y a la vez iguales. Se trata sobre una búsqueda, pero cuál exactamente.
Es cierto, no se trata de una novela bélica. La guerra es sólo el envoltorio. O, si se prefiere, el territorio pantanoso del que unos personajes quieren despegar, desenfangarse. Las drogas y el deseo son las alas de las que se valen para remontar el vuelo. Pasear en tándem, visitar prostíbulos, fumar marihuana, traficar con tubos de morfina, con esas y otras tareas oponen la ligereza del espíritu a la pesadez del cuerpo, a las heridas y al frío. Se trata, en efecto, de una novela en la guerra, sin arengas, héroes o villanos, nada más que individuos que quisieran salvarse de la melancolía, del miedo, de las obsesiones. De hecho ni siquiera hay bien y mal; los personajes se sitúan en un nivel extra-moral, más bien soteriológico: buscan solamente su propia salvación.

2-.Háblenos del traductor, ¿sería especular demasiado, o sofisticar en vano, ponernos a hablar del mecanismo Cide Hamete Benengeli en El ladrón de morfina?

Se trata, en efecto, del recurso al manuscrito encontrado. No es original, desde luego, pero sirve para ajustar la posición del lector frente al texto como si perteneciera a otra tradición literaria. Una novela sobre la Guerra de Corea firmada por un español podría producir el mismo efecto que en los comienzos delSpaghetti Western provocaría el nombre de Sergio Leone en los títulos de crédito. Al incluir la firma de un autor apócrifo anglosajón, nos transportamos a otra tradición y hacemos uso de otra "enciclopedia" para leer la novela. Ese era, al menos, mi propósito. En el aspecto visual, quería que el libro recordara de algún modo a las novelas de kiosko, o pulp, o bolsilibros. Me temo que la extensión del relato, contra la que he luchado durante tres años, vaya en detrimento de esa impresión. Yo quería haber escrito una novelita de 120 páginas, pero el enmarañado de temas, personajes y tramas me impedía hacerlo con cierta transparencia. En ciento veinte páginas, El ladrón de morfina sería demasiado hermético, casi esotérico. Por eso preferí estirar un poco lo que hay de novela de acción para ajustar lo que hay de novela de pensamiento.

 

3-. Da igual que hablásemos de Bentley, Wilson o el traductor, ¿son la misma fase de una sola voz, cierto? Pero, ¿y Han? ¿Es Han la versión humana del buen samaritano químico que usted alude en la morfina, el éter?

Sí, mi propósito inicial era subvertir la idea de que una novela consiste en la trayectoria de unos personajes que atraviesan un conjunto de peripecias. Lo que yo quería era escribir una peripecia que atravesara a un conjunto de personajes. Se podría decir que todos los personajes son voces en estadios distintos, o en tiempos distintos, de una misma trama. En cuanto a Han, en efecto es representado al mismo tiempo como un objeto de obsesión, mezcla de inocencia y perversidad (de ahí que sea un adolescente). Él es el verdadero ladrón de morfina; aunque, como trataba de aclarar antes, en realidad todos son el ladrón de morfina.

4-.El tiempo es una convención en esta novela. Es decir, si se miran las fechas, parece que no cuadran. Por ejemplo, si Wilson cuenta que el flaco Bentley tiene un hermano en cama desde 1945 y para 1951 Bentley ya ha publicado toda su obra, ¿desde qué tiempo realmente se narra esto?

Se trata de una ambigüedad premeditada. Es como si se estableciera una divergencia entre tiempo vivido y tiempo narrado. A cierta altura de la narración se dice: "todo esto ha sucedido ya"; el tiempo es como un loop, lo que hace posible que haya anticipaciones o anuncios del porvenir, relaciones semánticas entre las cosas y entre los acontecimientos, y hace posible incluso la propia idea de destino. Pero, corrijo: nadie dice que el narrador hable desde 1951. El texto de nuestro Cide Hamete Benengeli podría haberse escrito hacia finales de los años setenta o comienzos de los ochenta, momento de la apócrifa edición original norteamericana. Al menos, a esa altura he intentado colocarme yo para escribir.

5-.Abundan en la novela las reflexiones y referencias acerca de la escritura de Edgar Allan Poe y el mecanismo de creación-desesperación literaria como síndrome de abstinencia. ¿Por qué el énfasis en la morfina (equiparable a la escritura, de ser así) como metáfora de la anestesia y la compasión?

En principio, la morfina aparece como una herramienta de salvación, el buen samaritano químico. Algo que pone a salvo de la experiencia de la guerra. La literatura parece perseguir esa misma virtus curativa, Caplan narra con la intención de perdonarse, de curarse, pero tanto la literatura como la morfina tienen tanto de curación como de tortura, redimen y condenan. Creo que esa es la gran ambigüedad que preside el libro, personalizada en el adolescente Han Dong Sun.

6-.Me interesa conocer cómo combinó la sofisticación en la estructura de la novela, con la limpieza y efectividad poética del lenguaje, que por cierto, es casi anglosajón. Es un castellano telegráfico, certero, perfecto, poético.

Me alaga oír ese análisis. De alguna forma, fui descubriendo que escribir ELDM implicaba desprenderme de mis propios giros de voz para plegarme a los imperativos de la novela.Me di cuenta pronto de que le intentaba tirar el pulso a un texto arisco e intratable, que tenía que plegarme yo a sus exigencias, y no él a las mías. La estructura es el resultado de una decena de "reescrituras" y recombinaciones, hasta dar con la que considero más adecuada. Y cuando digodecena no exagero ni un ápice. La redacción del texto como tal no me llevó más de nueve meses. Los otros dos años y medio de trabajo han sido de organización estructural y limpieza, pulido del lenguaje, un desplazamiento desde mi voz a una voz apócrifa, en lengua inglesa. De hecho, El ladrón de morfina es una revisión de dos de las grandes novelas de la tradición anglosajona: la primera es Lolita y la otra, El corazón de las tinieblas. No por azar, el autor apócrifo de El ladrón de morfina se llama Kurt (de segundo nombre), en recuerdo del Kurtz de la novela de Conrad. Mi deseo era darle una segunda vuelta de tuerca a El corazón de las tinieblas, lo que implicaba darle una segunda vuelta de tuerca a Apocalypse Now!.

 

7-.Le pregunto ahora a usted. ¿Qué es más poderoso: el rifle o la máquina de escribir? ¿El remington o la Remington?

Esa es una pregunta terrible. Lo más poderoso es la máquina de escribir al servicio del rifle. Es decir: la alianza que suele darse en todo conflicto bélico.

8-.Esta pregunta ya es una golosina. ¿Cuál es la importancia del símbolo de la bombilla de tungsteno en la novela?

Es una metáfora de la obsesión. Uno de los paratextos remite a la historia (real) de una bombilla que lleva encendida más de cien años en Livermore, California. Que sean varios los personajes que desfallecen bajo su luz es otra de las claves simbólicas del libro. Al final, El ladrón de morfina tal vez no sea más que un relato sobre distintas formas de obsesión y de adicción.
  

 

El ladrón de morfina en Conocer al autor

El ladrón de morfina en Conocer al autor

Conocer al autor, el portal de autores iberoamericanos comentando su obra.

El ladrón de morfina en El Ojo Crítico (RNE)

El ladrón de morfina en El Ojo Crítico (RNE)

’El ladrón de la Morfina’ de Mario Cuenca Sandoval (El Ojo Crítico)

entrevista para EFE

entrevista para EFE

 

Cuenca Sandoval renueva el panorama literario con "El ladrón de morfina"

"El ladrón de morfina", publicado por 451 editores, podría ser una novela de kiosko, del tipo de las que los norteamericanos llaman ’pulp’, advierte la editorial; pero, en realidad, se trata de una novela de un autor apócrifo, un tal Samuel Kurt Caplan, un oficial del Ejército norteamericano a quien Mario Cuenca Sandoval traduce al español.

Repitiendo la técnica del manuscrito encontrado de Cervantes, Mario Sandoval, nacido en Sabadell en 1975, y residente en Córdoba donde es profesor de Filosofía, cuenta la guerra civil entre Corea del Norte y Corea del Sur, en 1950, a dos alturas.

"Una a ras de suelo, con metrallas, uñas y pólvora, porque sino el relato no tendría verosimilitud -explica a Efe- y luego otra guerra, que es la alucinada, la de las drogas, la marihuana, la morfina y el mundo de la religión oriental, y que es el retrato de de esos personajes que intentan salvarse, que hacen una trinchera espiritual para resistir el horror".

Así, el relato por donde sobrevuela el ’Corazón de las Tinieblas’, de Conrad, de hecho el protagonista, el supuesto autor es Kurt, en homenaje al protagonista de Conrad, es una sinfonía de ritmos, escrita como en un sueño y plagada de poesía, con la nieve también como protagonista, y es que ya en la primera novela de Cuenca Sandoval, "Boxeo sobre hielo", ya aparecía esa metáfora blanca.

Este es una novela que se podría enmarcar en lo que se denomina en España como la Generación Nocilla, seguidora de la literatura norteamericana y con la idea de que la novela es un artefacto literario abierto a todos los materiales, como el ensayo, la propaganda, la televisión o los panfletos, como recuerda Sandoval, que cita los nombres de Vicente Luis Mora, Jordi Carríón con los que dice que se siente identificado.

"Hemos nacido en un contexto cultural parecido, más o menos en la misma década, y que como les pasaba a los griegos antiguos que tenían en su cabeza el mito de Sísifo o Prometeo, nosotros tenemos, entre otras cosas, la Guerra de las Galaxias o Tiburón", apunta.

"El ladrón de morfina" ya ha sido recibida con unas criticas más que elogiosas, como la de Andrés Ibáñez en el ABC de las Artes y las Letras, donde dice que se ha quedado "fascinado" con su lectura y que es "la novela del siglo XXI".

"Muchas veces -recalca el autor- buscamos consejos morales o conclusiones existenciales en un libro y, si eso se encuentra, pues estupendo; pero yo quiere que con esta novela el lector encuentre una experiencia estética de intensidad y que salga por arriba del libro: fortalecido, revitalizado como salen los personajes de mi novela, que salen de Corea, que se salvan".

Cuenca Sandoval, que considera que Cervantes "es el primer escritor posmoderno", además de alimentarse y nutrirse de autores norteamericanos como Denis Johnson, Don de Lillo o Philip Roth y de los escritores del boom y del posbooom latinoamericano, pero sobre todo de García Márquez, cree que "el realismo es el mal endémico de nuestra literatura".

"De alguna forma seguimos haciendo la literatura del siglo XIX en el siglo XXI, dicho esto con todo mi respeto a los autores del XIX", añade.

Y como no podría ser de otra manera, el supuesto autor de la novela en inglés S. K. Caplan tiene un perfil en facebook, que se puede visitar, con cientos de fans. Además, se puede ver la cubierta original de este libro, que se completa con un blog, con fragmentos inéditos y cuya lectura completa la novela.

 

El ladrón de morfina en ABCd

El ladrón de morfina en ABCd

Reseña a cargo de Andrés Ibáñez:

Me fascinó la lectura de la primera novela de Mario Cuenca Sandoval, Boxeo sobre hielo, y también me ha fascinado la lectura de la segunda, El ladrón de morfina, publicada por 451 Editores.

Mario Cuenca Sandoval nació en Sabadell en 1975 y vive en Córdoba. Aparte de sus dos novelas, ha publicado poesía. Es un novelista de gran originalidad. Es uno de los escritores más interesantes de su generación.

Pero no, no seamos tan ceremoniosos. Me arriesgaré a decir de verdad lo que pienso de Mario Cuenca Sandoval. Pienso que posee un talento literario inconmensurable, que escribe como un maestro, que tiene una prosa de altísima calidad, que está al nivel de los mejores (y no hablo de los mejores en España, sino de los mejores, en general), que El ladrón de morfina tiene pasajes francamente geniales como, por citar sólo uno, esa página asombrosa en que el pequeño ladrón decide probar la droga con la que trafica y se ve inundado por una sensación de fantasía y abandono y se deja caer a un río y desciende flotando, flotando río abajo, flotando por entre los soldados, por entre los tanques, por entre los paisajes ardiendo, flotando río abajo como un nenúfar o una hoja de arce y todos le toman por un cadáver que pasa arrastrado por las verdes aguas del río y no le prestan atención, y mientras tanto el niño, lleno de la felicidad de la morfina, contempla embelesado el cielo y las nubes hasta que comienza poco a poco a hundirse en las aguas...

tensión y lirismo. Todo esto es asombroso. Es asombroso el lenguaje de Mario Cuenca, que me recuerda a esa mezcla de tensión y de lirismo, de impersonalidad y de ensueño de Denis Johnson y, en general, de la mejor prosa de ficción norteamericana reciente. ¿Hay ecos de Árbol de humo, de Denis Johnson, en El ladrón de morfina? ¿Habrá leído Mario Cuenca este libro reciente, ambientado en la guerra de Vietnam, durante la composición de esta novela suya ambientada en la guerra de Corea? ¿Será Johnson el origen de esos túneles llenos de humo alucinógeno y de esos ojos que saltan de su órbita? No importa, realmente no importa el problema de las influencias o, quizá, de los homenajes. Lo que importa es que cuando este lector se abismaba en las páginas de la novela de Mario Cuenca se sentía poseído por una prosa y una inventiva de una altura y un poder comparables a las del maestro americano.

trozos de luz. Es asombroso el lenguaje de Mario Cuenca, su madurez, su originalidad, pero también el ritmo implacable y a la vez sinuoso de sus páginas, que uno siente húmedas y como cargadas de acontecimientos y de trozos de luz y de sabores de plantas. Es asombrosa su inventiva, la creación de paisajes y lugares exóticos, la familia del médico coreano que ayuda al soldado angélico Wilson Reyes, el terror sombrío del encierro subterráneo de Bentley, la belleza de las explosiones por encima de los árboles, las luces y los aromas de las bombas, las entrañas transparentes de un avión ardiendo. Esto es la literatura.

Ahora se habla mucho de lo mal que está la literatura, de lo difícil que lo tienen los «autores literarios» (sic). Pero la literatura no está mal. Esto es literatura. Esto es la literatura. Esto es la literatura del siglo XXI. Esta transparencia, esta ligereza, esta mezcla de historias, este entrecruzamiento de la realidad y la ficción, de la enciclopedia y el poema.

Le deseo a Mario Cuenca mucha suerte en esta profesión, una de las más duras y desagradecidas que se conocen. Ojalá tenga mucho éxito y vea reconocidos pronto sus altísimos méritos. Pero si el éxito tarda en llegar, si alguna vez siente desánimo, si considera que lo que logra no está a la altura de lo que él había imaginado que lograría, le pediría que no se desanime y, sobre todo, que no dude de sí mismo.

El ladrón de morfina se presenta como la traducción al español de una novela americana, The Morphine Thief, obra de un tal S. K. Caplan (1921-1997), pionero del arte infográfico y cocreador del sistema que utilizan los ordenadores para generar imágenes artísticas. Se preguntarán ustedes si este Caplan (cuyo nombre coincide con el del falso agente del FBI de Con la muerte en los talones) existió realmente. No aparece en Wikipedia, de modo que es evidente que no, que no existió. Quien sí existió, en cambio, es otro de los personajes de este curioso libro, Wilson Snowflake Bentley, que fue el primer hombre que fotografió los cristales de hielo.

Javier Calvo recomienda El ladrón de morfina

Javier Calvo recomienda El ladrón de morfina

...en su blog:

 

Mis recomendaciones literarias para este mes de abril de 2010 no son Dublinesca de Enrique Vila-Matas ni Alba Cromm de Vicente Luis Mora ni siquieraCorona de flores de Javier Calvo, más que nada porque estos tres ya los vais a encontrar en todos lados y yo quiero ser un poco más sofisticado en mi faceta de topógrafo de novedades literarias. Por tanto, voy a recomendar un par de indies que harán feliz a cualquier persona de buen gusto. El primero es Ladrón de morfina de Mario Cuenca Sandoval, un libro que si hubiera justicia en el mundo estaría en lo más alto del ranking de novelas españolas del año (por desgracia, sospecho que este tipo de justicia no es lo que más abunda en el mundo, por las razones que sean). Ladrón de morfina (451 editores) cuenta la historia de tres soldados americanos en la Guerra de Corea: el paracaidista Flaco Bentley, adicto a la marihuana, que sueña que es un roedor que vive a ras de tierra y se especializa en infiltrarse en los túneles de los coreanos para misiones de reconocimiento; Wilson Reyes, un colombiano grande y pelirrojo que parece estar protegido por una buena suerte mágica que hace que Bentley, en sus delirios drogadictos, piense que es un ángel; y el teniente Caplan, un tuerto que hace estraperlo en el campamento y arte con máquinas de escribir, razón por la que lo apodan Qwerty. La novela sigue a los tres por una serie de itinerarios alucinógenos, que incluyen turbadoras relaciones sexuales morfinómanas, apocalipsis en templos budistas, casos de tínito imposibles y reescrituras de El entierro prematuro. Todo ello a través de una secuencia de discontinuidades de perspectiva y voz que nos hunde cada vez más en el discurso alucinado del libro.
Hacer una lista de las virtudes de esta novela me ocuparía más que un simple post de este blog. Si la Guerra de Corea supone el principio del hundimiento de la identidad heroica americana y de las nociones de verdad y justicia que sostienen gran parte de los discursos institucionales de ese país (no es de extrañar que los dos grandes textos sobre la guerra de corea sean The Manchurian Candidate de John Frankenheimer y M*A*S*H de Robert Altman), Mario Cuenca trata la guerra de Corea ya no como absurdo o como guerra falsa, sino como pura sensualidad. Una estética del cuerpo y de la alucinación burroughsiana cuyos elementos centrales son la herida, el sopor de la droga –de la que la novela traza una espléndida genealogía–, la sensualidad del cuerpo (encarnada por el joven y apuesto ladrón de morfina), el horror y la belleza del agente naranja. El cuerpo es el que reina. Las alucinaciones sensoriales, desde el sueño de ser un roedor morador de madrigueras hasta la imagen de pesadilla de los chinos que los americanos matan a miles pero siguen viniendo. La guerra misma como alucinación. El parentesco con Burroughs es obvio, igual que con Poe, Baudelaire, la tradición beat y la literatura de drogas. También con la maravillosa Unlimited Dream Company de Ballard y con la redefinición post-beat de la novela bélica que ha llevado a cabo en las últimas dos décadas gente como Robert Stone y Denis Johnson. Pero como he dicho, todas estas descripciones se quedan cortas. Comprad el libro y formaros vuestra propia opinión.
En una línea mucho menos descarnada, y mucho menos sobria, pero también invocando una sensualidad en estado de trance, el relato Exhumación(Alpha Decay) de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez construye un Madrid entre la distopía y la sátira para narrar un episodio teofánico con ecos de laPromethea de Alan Moore y de la club lit de Jeff Noon. Amanda y Djuna, amantes de apolineidad vagamente vestal, visitan el submundo de la discotecaRostro expresivo, donde los autores exploran pirotécnicamente el origen ritualístico pagano de la fiesta e invocan al mismo Mefistófeles para desvelar la teofanía que subyace al texto. Magia negra, juegos verbales, cyberpunk y un verdadero festival de alusiones son las coordenadas del debut en la narrativa de estos autores cuya brevedad hace que me dé pudor extenderme más, pero que me sume en un estado de rabia expectante por sus próximas publicaciones. Sin más, y por partida doble, enjoy!

Reseña de El ladrón de morfina, por Pablo Chul

Reseña de El ladrón de morfina, por Pablo Chul

 

Ámbito cultural

04/04/2010

El ladrón de morfina, una falsa historia sobre la guerra de Corea narrada por un autor ficticio que sólo existe en Facebook, es el arriesgado juego literario con el que Mario Cuenca Sandoval aspira a seducir a los lectores exigentes.

Una presentación nos advierte al abrir El ladrón de morfina, de Mario Cuenca Sandoval: "esta historia es una mosca en la boca de un camaleón y un camaleón en la boca de una serpiente y una serpiente en la boca de una gruta". Tomamos nota y pasamos la página, para encontrar una nueva nota introductoria que asegura que el libro es, en realidad, la traducción de "The morphine thief", de S. K. Caplan, novela atípica publicada en 1981, que Cuenca Sandoval asegura haber traducido al castellano. Y así, sospechando un juego tramado por Cide Hamete Benengeli, avanzamos hasta encontrar la primera nota al pie, que trae a Nabokov al terreno de juego. Ya no cabe duda: El ladrón de morfina, como otras novelas posmodernas, esconderá su sentido no en la historia sino en la estructura.

Así sucede. La primera parte, una narración voluntariamente confusa, casi alucinada, sin apenas referencias espaciales o temporales, presenta algunos personajes, situaciones y temas cuyo significado será más adelante desmentido o matizado. Conoceremos al Flaco Bentley y a Wilson Reyes en la guerra de Corea, conoceremos a Caplan y anotamos las pistas donde tal vez se esconda el "truco" del mago: Edgar Allan Poe, el enterramiento prematuro, la máquina de escribir Remington, la bombilla, la morfina, el fotógrafo de cristales de nieve, la fractura entre el mundo a ras de tierra y el cielo, Jericho, Colombia y la sucesión de letras Qwerty.

Pero estamos aún dentro de la boca del camaleón, y seguimos leyendo "de la mosca al camaleón y del camaleón a la serpiente", y así hasta llegar a la gruta. La segunda parte, un breve y engañoso interludio que parece sugerir que en esta novela pudiera haber algo parecido a una narración tradicional, pierde su sentido inicial a la luz de la siguiente, narrada en segunda persona a Wilson Reyes, uno de los protagonistas: "Ahora, meses después de tu llegada al continente de los cara de perro, abriste los ojos y advertiste la presencia familiar de la fiebre, su olor, su textura. Estabas solo otra vez, a solas con ella […]" Bien, nos decimos, si hay un "tú" a quien se dirige el texto, debe haber un "yo".

Lo hay, y se revelará al abrir la última caja, momento en el que, si hemos leído con atención, seremos recompensados. Sabremos quién es el narrador, cuáles son sus motivos y en qué dirección apunta el sentido último de la narración que tenemos entre manos.

El ladrón de morfina no es una novela sencilla. No lo es su técnica (heredera de Pálido fuego, que Nabokov escribió en 1962), ni lo son las ideas sobre el lenguaje, la palabra, la locura y la ficción que esconden y desvelan el significado global de la novela, en sus capítulos finales. Pero cabe preguntarse si su complejidad obedece a un deseo personal del autor de encontrar una nueva relación entre fondo y forma o si es, sin más, el peaje de los tiempos, que parece haber impuesto el "estilo posmoderno" a una parte de nuestra literatura con cincuenta años de retraso. En otras palabras, cabe preguntarse si el sentido de El ladrón de morfina es muy distinto al de La ópera flotante,de John Barth (1956) o al de las primeras líneas de El hurgón mágico, de Robert Coover (1969): "Deambulo por la isla, inventándola. Le hago un sol, y árboles -pinos y abedules y cornejos y abetos- y hago que el agua lama las guijas de sus costas abandonadas".

Fondo y forma, forma y fondo; no parece haber otro debate más profundo en la historia de la literatura. Cada autor exigente (y Mario Cuenca Sandoval lo es) determina cuál es su posición respecto a la naturaleza esencialmente lúdica de la narración, y decide si quiere mostrar el engranaje de su artificio, como hacen los posmodernos y los "posposmodernos", o si prefiere embaucar al lector contándole lo que había una vez, como hacen los realistas.

Pero eso no es lo importante, y tal vez las reflexiones sobre el alcance y la pertinencia de la forma posmoderna merezcan un debate más profundo. Cada novela, al fin y al cabo, debe defenderse a sí misma, y El ladrón de morfina puede hacerlo sin rubor. Se trata de una obra densa y ambiciosa, meditada e impecablemente construida sobre la convicción de que la literatura puede y debe ser más que entretenimiento.

 

Perú, de Gordon Lish

Perú, de Gordon Lish

(Publicado en Quimera, marzo de 2010)

Los antecedentes: Gordon Lish (Hewlett, 1934), el editor de Carver, Richard Ford o Don DeLillo, entre otros, apodado Capitán Ficción por su olfato para descubrir nuevos talentos, es conocido como el tipo que metió la tijera en los manuscritos de Carver y lubricó (¿armó?) los engranajes de su estilo desnudo y deshumanizado, un asunto que Alessandro Baricco ha investigado en Bloomington, perplejo ante la evidencia de que el Carver que todos hemos leído y admirado no es el de los manuscritos que Lish limpió, fijó y a los que dio esplendor. He ahí su secreto: para inventar a Carver, para escribir una novela tan turbadora como Perú son necesarias grandes habilidades de poda, sabia administración de lo que no se dice. Periférica -magnífica apuesta editorial- nos regalará en los próximos meses el resto de la obra novelística del Capitán Ficción. 

La pregunta: el envés de otra más conocida: «Qué clase de niño puede matar a una persona» (p. 21), una cuestión tan honda sobre la condición humana que, para abordarla, habría que mirar a los hombres con la disposición de un relojero; justo la especialidad de Carver, justo la de Lish, un crimen sobre cuyos motivos el narrador sólo se permite rememorar cierta sensación de caos, de inacabamiento, «de cosas que comienzan y que nunca serás capaz de terminar» (p. 36), una especulación sobre si el clima tuvo algo que ver con todo aquello -el crimen fue en verano-, la pesadez y el cansancio. El crimen como una circunstancia hipnótica, puro sonambulismo: «Resulta verdaderamente increíble que una persona caiga al suelo por algo que tú le acabas de hacer» (p. 171). Si existen causas y efectos, éstos poseen la misma temperatura de la hipnosis y de la poesía: «Debido a que debe haber alguna razón por la que maté a Steven Adinoff en el año 1940, en el pueblo de Woodmere, tengo que decir que, según creo, los poemas son lo más cercano a una razón (…) de por qué lo hice» (p. 146).

      Para el lector urgido por un olfato freudiano, para el rastreador de motivos inconfesados, Lish dispone un núcleo de oscuridad en el relato: la relación del narrador con su padre en la ducha, el hijo como una «dama de compañía». He aquí el principal elemento velado de la novela. Eso y el conjunto de circunstancias que suceden al asesinato, la conversación de la madre de Adinoff con el pequeño asesino. Hubo crimen, pero ¿y el castigo?

      Otros rastreadores, los de condicionamientos sociales, (las diferencias de clase entre el protagonista y los Lieblich, en cuya casa muere el invitado Steven Adinoff), también encontrarán las mimbres para urdir su interpretación. El relojero ha desmontado las piezas y las ha dispuesto sobre el tapete. La maestría de Lish: luz sobre los detalles, sobre las piezas; penumbra sobre el conjunto, sobre lo que el sentido común (adulto) supondría importante: causas, consecuencias, motivos, justicia. 

La víctima: Su nombre aparece en la dedicatoria de la novela para dotar a la narración de la textura de unas memorias, de una confesión: Steven Michael Adinoff (1934-1940), asesinado a los seis años con una azada de juguete dentro de un cajón de arena. El relato recorta la memoria, la encaja en el molde rectangular de la arena: «Lo que recuerdo es el cajón de arena, o a los que yo, siendo niño, relacionara con el cajón» (p. 19). Perú reproduce la estructura reverberante de la memoria, la confusión de las voces y los ecos. Qué sabemos de Adinoff. Poca cosa, reflejos multiplicándose en la conciencia: su labio leporino, su extraña manera de hablar, su mejilla abierta por la azada, el aire entrando por ese hueco, un ojo sin mejilla que conquista la verticalidad absoluta, hacia abajo, claro. El ojo en medio de la carne levantada, como el hueso de un melocotón. 

El asesino: Sólo en una ocasión nos revela su nombre: Gordon. «Yo era el muchacho al que le gustaban los olores» (p. 148), dice de sí. La verosimilitud, amén de a este recurso autoficcional, se fía a la pura sensorialidad, una sensorialidad simple, de los hechos simples, de los hechos atómicos, como si el narrador se propusiera pensar «sólo en términos de oír y tocar»(p. 76). Nos convence Lish; todos hemos sido niños y percibido el mundo de ese modo. En Perú todo está apuntalado con las sensaciones de un niño de seis años -y tus sentimientos a los seis años, asegura Lish, son tus sentimientos para siempre (p. 97)-: el sonido de los pantalones de pana rozándose cuando el protagonista caminaba hacia la escuela, el olor a lilas de la maestra de escuela, el de la mantequilla de cacao, la sensación de la arena dentro de las uñas. Como si el mundo sólo tuviera sentido a través de los sentidos. La infancia como una red de impresiones oblicuas, de tacto, de olores próximos. El hombre de color que lava el Buick de la familia Lieblich, con sus palmas rosadas, el modo en que levanta la esponja de la chapa del automóvil, el agua, que no dejaba de sonar mientras el protagonista asesinaba al pequeño Steven. No deja de sonar ni siquiera ahora, muchos años después. 

La poética: La idea que preside Perú es la misma que según Baricco sustenta la poética de Carver (sobreentendidas las reservas que pesen sobre su autoría): que el sufrimiento humano es insignificante. De ahí la brutalidad de la secuencia del crimen, subrayada justamente por la falta de énfasis del narrador y por la actitud de la víctima: «quizá él sólo quería observar cómo es el hecho de que te maten» (p. 38); una coreografía, la de asesino y víctima, transida de estupefacción, o de esa mezcla de familiaridad y extrañeza con que asistimos a los acontecimientos soñados. Mientras el otro niño «cava trincheras» en su rostro con una azada, Adinoff se limita a mirar, y es como si cooperara con lo que está sucediendo. Ni lamentos, ni alaridos, ni nadie que grite «¡detente!». La descripción, incluso en este episodio, se apuntala con sensaciones simples: la forma en que la azada le dobla el pelo a Steven Adinoff (p. 84), encajado en su cabeza, adherido. Es como si el horror no estuviera sucediéndole a una persona, sino a prendas de ropa (p. 90).

      La poética de Lish se parece al propio acontecimiento narrado, está  tejida del mismo estupor, la misma hipnosis. Revelación progresiva de las circunstancias del crimen a través de impresiones pequeñas. Minimalismo progresivo. Valga la pedante fórmula. En la descripción del tejado que Gordon ve en televisión muchas años después del crimen, el de una cárcel de Perú en la que unos presos se amotinan, confiesa no recordar si tenía flecos o no. Pero la diferencia es enorme, asegura. Algo tan pequeño como un fleco puede marcar la diferencia, nos dice: «Cuanto más pequeño sea, mayor puede ser la diferencia. Quizá no enseguida, pero sí si le das tiempo» (p. 204). Hay que dejar tiempo, hay que abrir puntos y aparte para que el párrafo resuene en la conciencia del lector. Maestro de los ecos, me sucede con Lish algo que muy frecuentemente se experimenta con Carver: he de levantar los ojos del papel al término de determinados párrafos, dejar que el silencio los perfeccione con su labor. La belleza glacial de los oraciones breves, de los punto y aparte. Los silencios como trampolín a la conciencia de los lectores. Creedme, asegura Gordon Lish, las palabras nunca son el fin. 

La azotea. En la tercera parte, titulada «La azotea», el relato muta en elipse, los recuerdos se arremolinan y aumenta la angustia en un torbellino de pasado y presente que arrastra las partículas de sentido. El discurso (la memoria) se dispersa y cada punto y aparte remite a un acontecimiento distinto: el asesinato de Steven Adinoff, el motín en una cárcel de Perú, la mañana en que Gordon lleva a su hijo al campamento escolar; aunque todos ellos parecen poseer una sustancia común: la estupefacción, la extrañeza de lo que le sucede a un rostro golpeado con una azada, lo que le sucede a las piernas de un preso acribillado a balazos en el tejado de una cárcel de Perú.

      La precisión de Gordon Lish, su sabiduría (mejor que su técnica) consiste en ser impreciso, oblicuo. Tomar la parte por el todo. Lish escribe con palabras que miran de reojo la sangre y el horror. Y es allí, en esa esquina del ojo, donde las imágenes, sesgadas, cobran toda su potencia emocional. Sólo desde esos ángulos puede construirse un relato tan turbador como Perú. 

Entrevista en El Día de Córdoba

Entrevista en El Día de Córdoba

"La antología ’beatle’ ha sido una fuente de ilusión y diversión"
El novelista, cuya nueva obra está a punto de llegar a las librerías, es el coordinador de la singular selección de cuentos sobre el grupo publicada por Páginas de Espuma
ALFREDO ASENSI / CÓRDOBA

Andrés Neuman, Rodrigo Fresán, Javier Fernández, Salvador Gutiérrez Solís y Fernando Iwasaki son algunos de los escritores que aportan textos a 22 escarabajos. Antología hispánica del cuento Beatle, un homenaje literario al grupo de Liverpool publicado por Páginas de Espuma. El coordinador de la obra es Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975), profesor de Secundaria en Córdoba y cuya novela El ladrón de morfina (451 Editores) está a punto de llegar a las librerías.

-Los Beatles como inspiración literaria. ¿De dónde parte la idea?

-Tenía entre manos una novela sobre el álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Durante un par de años me documenté sobre este álbum porque quería recrear su proceso de grabación y producción. Al final, el proyecto no cuajó. Eso sí, publiqué un cuento inspirado en los Beatles y entré en contacto, gracias a él, con otros escritores latinoamericanos como Miguel Antonio Chávez, con quien había coincidido en una antología preparada por Claudia Apablaza. Curiosamente, su cuento también recreaba el Sgt. Pepper’s, sólo que en un plano de ultratumba: el más allá como si fuera el Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta. Entonces se encendió la bombilla. Sabía que los Beatles eran una banda con mucho predicamento en el mundo literario, pero no sabía que existiera una auténtica comunidad secreta de beatlemaníacos. Es un honor haberlos reunido por primera vez.

-¿Cómo fue la selección de autores y relatos?

-Desde el principio era consciente de que había que ceñirse al ámbito de habla hispana, de lo contrario el proyecto resultaría inabarcable. Así que me puse en contacto con el que iba a ser uno de los ángeles guardianes de la antología, Andrés Neuman, quien a su vez me remitió a otros autores tan beatlemaníacos como él. La condición era que a su reputación como cuentistas tenían que sumar una declarada beatlemanía. Algunas incorporaciones de autores de primera línea se consiguieron con el libro ya casi en imprenta, creo que por la sola razón de que les entusiasmó el proyecto. Sólo puedo decir que la antología ha sido una verdadera fuente de ilusión y de diversión para todos, desde la recluta de los autores hasta las presentaciones del libro, que están consistiendo en auténticas fiestas, con música en vivo incluida.

-De los cuatro integrantes del grupo, ¿cuál sale mejor parado?

-Sin lugar a dudas, John Lennon, tal vez porque, como algunos han dicho, Lennon se ha convertido en una especie de "santo mártir de la causa pop". La inmensa mayoría de los relatos lo eligen como protagonista, muy por encima de McCartney. Y en cuanto a los otros dos componentes de la banda, sólo hay un relato protagonizado por George Harrison (firmado por Raúl Pérez Cobo) y otro por Ringo Starr (un clásico de Leopoldo Marechal, el cuento más antiguo, de hecho, incluido en la antología, el que inaugura el género Beatle).

-¿Y qué canciones están más presentes?

-Hay un relato basado en Julia, de Lennon (Care Santos), otro que gira en torno a Michele (Hipólito G. Navarro), sobre Lucy in the Sky with Diamonds (Marcelo Figueras), Dear Prudence (Pilar Adón), A Day in the Life (Javier Fernández), pero podría hablarse más de álbumes que de canciones: Revolver, Sgt. Pepper’s y el Álbum blanco son los que tienen más presencia. Otro de los relatos, el de Leonardo Aguirre, está escrito en spanglish, a partir de fórmulas, versos y títulos de canciones de los Beatles.

-¿Hay mucha fantasía en estos relatos?

-Así es. Algunos relatos se desenvuelven en el género de la ciencia ficción (Leopoldo Marechal). Hay incluso un relato de fantasmas (Patricia Esteban Erlés), uno que se desarrolla en una atmósfera de capa y espada (Javier Fernández), un manifiesto marxista-lennonista (Xavier Velasco), etc. Otros relatos se inspiran en leyendas urbanas, como la que asegura que Paul McCartney murió en el 68 y que el que todos conocemos es un doble exacto llamado William Campbell.

-Finalmente, ¿qué encontrará el lector en El ladrón de morfina?

-Es muy difícil de sintetizar. Mi propósito inicial era escribir una novelita bélica de kiosco, tipo pulp, ambientada en la Guerra de Corea. Que un escritor español escriba sobre la Guerra de Corea se parece a lo que los italianos hicieron al apropiarse del western con su spaghetti western. Por eso me interesaba tanto el aspecto visual del libro; en 451 Editores han hecho un trabajo magnífico en este sentido, desde el diseño de cubierta hasta las ilustraciones interiores. Ahora bien, esa es sólo la carcasa. Creo que en la novela la guerra es sólo un pretexto para reflexionar sobre otros temas: la obsesión, la adicción, la necesidad de redención o de cura moral. Creo que El ladrón de morfina viene en un envoltorio bélico pero se mueve en un nivel de reflexión muy espiritual, si se me permite un término tan solemne. A finales de marzo estará en la calle.

clip promocional de El ladrón de morfina

blog de El ladrón de morfina

blog de El ladrón de morfina

Ya está en marcha el blog promocional de mi nueva novela, El ladrón de morfina, 451 Editores. A la venta a partir de marzo de 2010.

catálogo 451 editores

catálogo 451 editores

Ya está disponible en pdf, en la página de la editorial, el catálogo de primavera de 451 Editores, sello en el que aparecerá mi próxima novela: El ladrón de morfina.

Entrevista en Ser Pamplona

Entrevista en Ser Pamplona

(tomado del blog de Javier Morote, "librero a su pesar")

Todos aquellos que alguna vez se hayan visto tocados por la música del cuarteto de Liverpool, sabrán disfrutar de esta antología de relatos breves, perfectamente diseñada por Mario Cuenca Sandoval, quien (seguramente con viles amenazas) consiguió el sí de autores muy importantes de las letras hispánicas. Una entrevista de Elvira Obanos con Mario Cuenca,Juan Casamayor (editor de Páginas de Espuma), Patricia Esteban Erlés y Roberto Valencia (autores antologados) sirve como recomendación de la semana. También la memorable fiesta Beatle del día 22 en la librería ha ayudado un poco.

22 Escarabajos, Antología hispánica del cuento Beatle editado por Páginas de Espuma. Espacio emitido el 23 de diciembre de 2009 en la CADENA SER en Navarra.

Antología hispánica del cuento Beatle

Antología hispánica del cuento Beatle

Se publica una antología con 22 cuentos protagonizados por los Beatles

A partir del 7 de diciembre en tu librería 
(del blog: antologiadelcuentobeatle.blogspot.com)

Madrid-.Ningún fenómeno de la cultura popular ha generado un aluvión de mitos secundarios y leyendas urbanas semejante a los Beatles: desde la presunta muerte de Paul McCartney y su sustitución por un doble exacto llamado William Campbell a la leyenda que situaba a Chapman, el asesino de Lennon, como un instrumento del FBI. En esta antología, veintidós narradores hispánicos de la hasta ahora secreta comunidad beatleliana se atraven a revisar el universo de los Fab Four, tomándolo como materia ficcionable y como mito contemporáneo.

¿Por qué una antología protagonizada por los Beatles? Los mitos son realidades que prometen adaptarse, siempre, al porvenir. Porque su territorio natural es el porvenir o, si se quiere, los porvenires, las distintas direcciones del mañana. Y los Beatles son un mito porque han sido capaces de susurrar al oído de varias generaciones. Por estas páginas desfilan, además de los Fab Four, Brian Epstein, George Martin, Yoko Ono, Marc David Chapman, Charles Manson, Peter Fonda, el Dr. Robert…; se atraviesan múltiples géneros: la ciencia-ficción, el cuento fantástico, el cuento de terror, el retablo barroco-pop, el (falso) reportaje periodístico, el cuento fantástico, dístico, el (falso) web-log, el relato negro…; se recorren los escenarios primordiales de la vida de los cuatro de Liverpool: The Cavern, Abbey Road, Strawberry Fields, Penny Lane… Los límites del universo beatle son, desde luego, harto más amplios que los de estas páginas, pero en ellas queda demostrado que los Beatles son un pozo inagotable de ins-piración literaria..


Esta selección, preparada por Mario Cuenca Sandoval, reúne cuentos de Pilar Adón, Leonardo Aguirre, Miguel Antonio Chávez, Mario Cuenca Sandoval, Maurice Echeverría, Patricia Esteban Erlés, Javier Fernández, Marcelo Figueras, Rodrigo Fresán, Esther Garía Llovet, Salvador Gutiérrez Solís, Fernando Iwasaki, Eduardo del Llano, Salvador Luis, Leopoldo Marechal, Hipólito G. Navarro, Andrés Neuman, Raúl Pérez Cobo, Care Santos, Roberto Valencia, Xavier Velasco e Iban Zaldua.


Prensa

Solicitud de ejemplares y entrevistas en:
Email prensa@ppespuma.com
Teléfono: +34 915 227 251 o 666 428 664
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22 Escarabajos. Antología del cuento hispánico Beatle
AA:VV.
Edición de Mario Cuenca Sandoval
Editorial Páginas de Espuma
Colección Narrativa Breve, volumen 21
320 pp. 24 x 15 cm.
ISBN: 978-84-8393-038-0
PVP: 16,00 con IVA

 

Pnin, de Vladimir Nabokov

Pnin, de Vladimir Nabokov

Llegaron al arroyo burbujeante y luminoso. Una plataforma cóncava, entre cascadas diminutas, formaba una piscina natural bajo los alisos y los pinos. Chateau, que no solía bañarse, se acomodó sobre un peñasco. Durante el año académico, Pnin había expuesto regularmente su cuerpo a la radiación de una lámpara de luz ultravioleta; por eso cuando se desvistió hasta quedar en traje de baño, brilló bajo la luz abigarrada del sol que se filtraba por la espesura ribereña, con un profundo matiz caoba. Se despojó de la cruz y las galochas.

—¡Mire qué hermoso! —dijo el observador Chateau. Una veintena de maripositas, todas de la misma clase, se habían posado sobre un retazo de arena húmeda, con las alas erguidas y cerradas, mostrando los reversos pálidos llenos de puntos oscuros y diminutas manchas de azul pavo-real bordeadas de anaranjado; una de las zapatillas desechadas por Pnin las perturbó y, revelando el tinte celeste de su superficie superior, revolotearon como azules copos de nieve antes de volver a posarse.

—Lástima que Vladimir Vladimirovich no esté aquí —observó Chateau—. Nos habría hablado de esos insectos encantadores. —Siempre tuve la impresión de que su entomología era una mera pose.

—No —dijo Chateau—. Acabará por perderla — agregó, señalando la cruz católica griega colgada de una cadenita de oro que Pnin había retirado de su cuello y suspendido en una varilla. Su brillo intrigó a una libélula que pasaba.

—Quizás no lamentaría perderla —dijo Pnin—. Usted bien sabe que la llevo por razones sentimentales. Y el sentimiento se me está haciendo pesado. Después de todo, no es muy romántico este empeño de conservar una partícula de la propia infancia en contacto con el esternón.

—Usted no es el primero en reducir la fe a una sensación táctil — repuso Chateau, que era católico griego practicante y deploraba la actitud escéptica de su amigo.

Un tábano se adhirió con loca ceguera a la calva de Pnin y fue aturdido por un golpe de su gruesa palma.

Yo soy otro

Yo soy otro

Estoy invitado a ofrecer una charla el martes 27, a partir de las 19:30, en el Palacio de Condestable de Pamplona, en el seno de los Encuentros del Instituto Navarro de la Juventud. El tema es Cómo debe ser mi implicación personal con lo que escribo. Ya se me ocurrirá algo.

Boxeo sobre hielo en el blog de Zeberio Zato

Mario Cuenca - De viaje por la utopía

"Manifiesto psiconauta


Nosotros, los viajeros lisergicos, invitamos a toda la humanidad a trepar hasta estados mas elevados de conciencia. La psicologia y la psiquiatria de nuestro tiempo han demostrado su inutilidad absoluta en el logro de la realizacion humana, que no es otra cosa que el ejercicio de ser feliz. Estas ciencias han fracasado en la consecucion de tal meta, la felicidad, por cuanto han fracasado en el proyecto de urbanizacion de la mente. Las regiones inconscientes siguen trabajando, por lo general, en contra del hombre, dado que es en ellas que se almacenan los terrores primarios del individuo, sus angustias, sus traumas y frustraciones. La experiencia del acido lisergico pone a trabajar el inconsciente al servicio de la felicidad.

Nosotros, los viajeros lisergicos, creemos que la perfecta unidad del mundo, la vivacidad de sus colores y formas, la coherencia y ajuste de todos los seres en un mismo ser solo son experimentables con la ayuda del acido. Solo el acido muestra el autentico ser de las cosas. Al llamar droga alucinogena al LSD-25 se incurre en el malintencionado error de asociarlo con el delirio, el disparate y la perdida del juicio. Nosotros preferimos calificarlo como droga visionaria. Las drogas visionarias, a diferencia de otras, cuidan de nosotros y nos respetan. Han venido para expandir nuestras potencialidades, no para enterrarnos bajo ellas.

Por estos y otros motivos, nosotros, los viajeros lisergicos, creemos en un orden politico mundial basado en la experiencia individual de liberacion de la conciencia, un orden geopolitico de naturaleza lisergica, en el que los odios enquistados, las historicas rivalidades nacionales y los encontronazos directos e indirectos entre los dos bloques politicos en que se divide el orbe caeran a los pies de la droga como cosas sin importancia, como parasitos desprendidos de un tejido, ahora saneado y reluciente, al que llamaremos orgullosamente EL MUNDO. La Revolucion, pues, debe comenzar por el individuo y sus facultades psiquicas.

Nosotros, los viajeros lisergicos, rendimos servicio al socialismo real, por cuanto proponemos un orden no fundamentado en la productividad ciega a la que obliga el capital, sino en la igual disolucion de todos los individuos en lo Uno, poniendo nuestros conocimientos al servicio de la noble causa de la Ilustracion. Somos, pues, Ilustrados, en la medida en que no abogamos por un regreso a un orden prelogico o salvaje, sino a la comunion perdida de todas las facultades humanas, dispuestas al servicio del Bien comun.

Madrid, diciembre de 1970"
Boxeo sobre hielo (2007)
Mario Cuenca Sandoval

Esta ida de olla sin tildes que aparece en mitad de Boxeo sobre hieloilustra tiempos mejores. Aquellos en que, a finales de los sesenta, la juventud pretendía cambiar el mundo mediante unos ideales en que pasaban a segundo plano la responsabilidad y el trabajo, y ascendían hasta la cúspide las ambiciones estéticas o hedonistas. Como si hubieran vuelto Oscar Wilde y sus amigos, pero sin conciencia de clase: todo para todos. Quizás esta revolución que plantea el manifiesto se acerca más a los banquetes y orgías que se hacían en los últimos años del Imperio Romano. Crear un manifiesto que diera las claves de esta revolución mundial era necesario, más en la España de esos años, donde eran cuatro gatos los que tenían ideas que fueran más allá de la simple supervivencia.

Pero la de Mario Cuenca no es una novela sobre drogas; no sólo sobre drogas, quiero decir. Tampoco trata sobre viajes, aunque los hay; ni sobre filosofía, que también; ni de idealismos, o de sueños rotos o de grandes proyectos, y mucho menos sobre boxeo. Boxeo sobre hielotrata sobre una búsqueda, la investigación de alguien que quiere reconstruir la vida de su padre, el Loco Larretxi, el boxeador que da título a la novela. El hijo del loco se embarcará en un viaje en el que se encontrará con todos los temores que empujaron al Loco, a Margot y a otros compañeros a huir hacia adelante, sin rumbo fijo. Buscaban una utopía que creían que podría restituir todos sus sueños rotos.

Aquel campeonato mundial de boxeo que el Loco Larretxi perdió en Oslo es el punto en el que comienzan todos los fracasos que ilustra esta novela. Pero este enunciado nos puede llevar a error. No esperemos una novela realista. Mario Cuenca se mueve en un terreno indeterminado entre la realidad de un pasado conocido -la reconstrucción de una época de gran interés antropológico-, el simbolismo de sus motivos -el boxeo, en sí mismo, es utilizado sólo como herramienta estética, como afirmó el propio Cuenca, y no porque se pretenda hacer una radiografía del panorama pugilístico español de la época-, la metáfora con los viajes de los más grandes exploradores -la aventura de Heyerdahl aparece relatada una y otra vez-, y una ecléctica y posmoderna base documental que hace referencia a figuras tan distantes como David Bowie, Nietzsche, Bradbury, Trotski, Céline o Le Corbusier, por citar sólo algunas pocas. Como dijo un librero de Pamplona cuando fui a comprar el libro,Boxeo sobre hielo es una novela que "tiene peso".

Pero no nos imaginemos un collage snob lleno de referencias, al estiloNocilla Dream -libro que nunca he podido terminar-, o una alegoría imposible de comprender para los amantes de la ficción. Mario Cuenca es capaz de engancharnos y emocionarnos a través de una historia en la que engarza con precisión un gran número de elementos. Presenta una novela que en ningún momento parece una ópera prima, por la sencillez y la resolución con que plantea los dilemas. 

Esta novela es una de las que cambió mi forma de leer literatura contemporánea, que me permitió ir un paso más allá de los clásicos. Como rito iniciático, para los que quieran empezar a conocer la novelística española actual, la que pretende avanzar sobre la tradición y lucha por descubrir nuevas vías en la creación literaria, Boxeo sobre hielo es una novela ideal. Para los que quieran pasar un buen rato y sumergirse en la lectura de una historia que engancha de principio a final, también.

Tuvimos la suerte de recibir a Mario Cuenca hace dos años en el taller de literatura del que he hablado más de una vez. Dentro de un par de semanas volverá a Pamplona y yo iré de nuevo a escucharle. Sé que ha vuelto a escribir, y he oído de fuentes bien informadas que su nueva novela es "buenísima" (sic). Daré cuenta de la visita en cuanto haya sucedido, y de la novela que nos espera en cuanto le eche mano en la librería.

un bonito proyecto

un bonito proyecto

..en el que tengo el gusto de participar, ideado por Sara Herrera. Quedo a los pies de los jóvenes lectores y de sus exigentes críticas.

 

 

 

De nuevo en Conocer al Autor

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Boxeo sobre hielo en el portal

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